¿Hubo un sendero celeste?

por Ángel de Aluart

El Sendero Celeste Crédito: Grupo Tierra Editorial

El Sendero Celeste
Crédito: Grupo Tierra Editorial

Desde los tiempos de los primeros humanos que dibujaron escenas rupestres en las piedras el hombre quería dejar una prueba para sus descendientes de las hazañas conseguidas a lo largo de una vida e inventó el Arte, básico, cierto, pero arte al fín. El Arte consiste en expresar lo que uno observa a su alrededor y representarlo a su manera con el medio que mejor domina, eso sería una definición pero cuando lo que quieres expresar no está bien visto por el poder y se aplica la censura, el artista recurre a algunos ardides para que los supervivientes sepan que ocurrió en una determinada época de la Historia.

Hay muchos ejemplos de ello, Leonardo da Vinci solía introducir en sus proyectos mecánicos compartimientos secretos para guardar los planos que no necesariamente eran de la máquina que había construído, pintores que cubrían un lienzo con otro, en épocas más modernas, los discos de lo Stones o Beatles que podían oírse al revés y escucharse manifiestos o versos secretos, matemáticas en la música, algunos compositores han incorporado la proporción áurea o los números de Fibonacci para describir fórmulas , libros o manuscritos escritos con tinta invisible y una retahíla de ejemplos más.

En la Edad Media los artistas eran artesanos, es decir los que dominaban un oficio casi a la perfección, canteros, carpinteros, herreros y entre ellos los vidrieros y estaban agrupados en gremios o cofradías y cada uno guardaba celosamente sus secretos que entre muchos de ellos consistía en pertenecer a alguna orden religiosa. En la época de la inquisición más violenta algunas órdenes religiosas fueron acusadas de simonía o herejía y muchas de ellas perseguidas hasta su extinción, como así fue la Orden del Temple que en siglo XIV fue perseguida y ésta tuvo que agudizar su inteligencia para sobrevivir.

Los vidrieros que construían los vitrales de las catedrales, iglesias y ermitas  colaboraban en la reconstrucción de la historia colocando cristales de colores de tal forma que cuando los rayos del sol penetraban a través de ellos proyectaban mapas tridimensionales, señalaban un libro prohibido en una biblioteca, una entrada a las catacumbas cristianas o el lugar donde estaba enterrada una importante reliquia o una tumba real. Pocos se daban cuenta puesto que la proyección se producía solo un día al año y duraba pocos instantes. Estudiar este fenómeno de los vitrales es sencillamente fantástico y poco perseguido por los historiadores del Arte actuales.

El libro que he escrito y que ha publicado Grupo Tierra Editorial titulado “El Sendero Celeste” habla de una leyenda que se divulgó, sobre todo en Francia, después de la desaparición de la Orden del Temple y narra el periplo de una caravana de templarios a los que se encomendó ocultar los tesoros más importantes de la Orden que, en contra de lo que cree la gente, no es oro ni piedras preciosas requisadas en las Cruzadas, es el Grial y una reliquia del apóstol Simón el pescador el fundador de la Iglesia. Su misión fue la de ocultarlos léjos de las zarpas de la codiciosa Iglesia medieval…

Siguiendo esta tradición, en el libro he incluido, al principio de cada capítulo unas coordenadas que corresponden a los lugares por donde transcurre el viaje de los templarios y si el lector es audaz podrá descubrir muchas cosas que en el libro solo se insinúan o ni siquiera se mencionan.


¿Existió un sendero celeste?, lo dejo en manos de cada lector que con su inteligencia seguro que lo descubrirá.

La razón principal por la que decidí escribir esta novela “El Sendero Celeste” fue el románico catalán, concretamente el de la provincia de Girona, que visité en múltiples ocasiones, aunque eso no me hace ser un experto ni mucho menos, pero sí un ferviente seguidor.

Ahora sé que consta de más de 400 entre ermitas, prioratos o monasterios y solo una parte muy pequeña están reconstruidos por lo que yo me dediqué a éstos, lo más pequeños y abandonados, que es donde he conocido algunas leyendas que son dignas de un estudio en profundidad. En condiciones normales la Iglesia es la que debe procurar conservarlos, lógico pues son los propietarios, pero es pobre por lo que no pueden con todo, por ello recurren en ocasiones a los municipios que también hacen lo que pueden.

El Sendero Celeste Crédito: Grupo Tierra Editorial

El Sendero Celeste
Crédito: Grupo Tierra Editorial

Pero lo que realmente me causó estupor fue la capacidad de los vecinos de cada municipio para cuidar de su ermita, mientras un grupo de canteros escaladores (entonces no sabía de su existencia) reconstruyen una a una las piedras de la ermita, los vecinos protegen los objetos de la ermita, como pinturas, cálices, altares decorados, libros , etc… y entre todos pagan la construcción de una nueva campana que es el objeto que siempre falta en una ermita del siglo XI, (dicen que las requisaban durante la guerra para fundir el bronce). Lo de los canteros escaladores es muy curioso puesto que son gremios cuyo fin es exclusivamente la conservación y restauración del románico tal y como se hacía en la Edad Media, y como es natural en la gran mayoría de ermitas no se pueden utilizar andamios exteriores sobre todo por la difícil orografía en donde se encuentran. Las ermitas catalanas desde la Edad Media son el centro de la vida rural de un municipio y son las edificaciones en donde se reúnen las gentes del pueblo, se denominan Aplecs, en donde se realizan actos culturales y del folklore del lugar.

Una de las ermitas más curiosas del románico catalán es la de Santa Margarida que está dentro del cráter del volcán del mismo nombre en la comarca de la Garrotxa 42° 8’29.00″N – 2°32’30.00″E, una pequeña joya.

Con tanto material es imposible no encontrar un tema para un buen libro.

“Espero que los lectores de El Sendero Celeste disfruten de la novela y deséen algún día visitar las rutas del románico, un enorme patrimonio de nuestro país.”    

Angel de Aulart

Fuentes | Grupo Tierra Editorial

Imágenes | Grupo Tierra Editorial

Textos | Jimena Tierra y Angel de Aulart