Olivares, 
el final de la Hegemonía hispánica
A punto de iniciar su última misión diplomática en el norte de Europa en el verano de 1625, el conde de Gondomar, anciano y desengañado, tomaba la pluma para redactar una larga misiva al hombre que desde hacía cuatro años dirigía los destinos de la Monarquía Hispana, el conde-duque de Olivares. La correspondencia entre ambos dignatarios refleja con toda su crudeza la percepción del declive por parte de los dos dirigentes con ampliar responsabilidades en la dirección de la nave. “Se va todo a fondo”, había escrito Gondomar que, en los inicios de su carrera, había tenido la oportunidad de asistir a algunos de los triunfos más espectaculares de la política imperial. Olivares resignado a su suerte, lejos de quitarle la razón, se disponía a beber del cáliz que el destino le había deparado: “estoy dedicado a morir asido al remo hasta que no quede un pedazo de él”. Lo único que le quedaba era la discreción en sus manifestaciones, porque “siempre que esto se dijera donde lo oigan muchos, podrá causar males sin efectos”.
 
Por esas fechas el coro de voces alarmadas por la deriva de los acontecimientos formaba un estruendo tan ensordecedor que resultaba inútil pretender silenciarlo. Los síntomas eran evidentes: disminuía la población, se vaciaban las arcas reales, aumentaba la presión fiscal y el desorden de la moneda, las armas del rey retrocedían y la irregularidad de las costumbres desencadenaba la ira divina. Todo esto no pasaba desapercibido para la legión de embajadores extranjeros atentos a cualquier síntoma de debilidad de la gran potencia.
“Me veo inclinado a pensar que la grandeza de esta monarquía está cerca de su fin”
Sir Arthur Hopton, embajador británico en Madrid,
misiva a Londres en 1641
Felipe IV
Crédito: Wikipedia
La desproporción entre la extensión territorial y su capacidad económica había hecho del imperio de los Habsburgo un gigante con los pies de barro. La expansión del siglo XVI se había realizado sobre la base del crecimiento demográfico de Castilla, que ahora retrocedía con dramáticas consecuencias. La debilidad de una economía carente de industria, se hacía patente en la total dependencia de la distribución de mercancías extranjeras. Las principales ciudades se vaciaban a pasos agigantados castigas por el espectro de la muerte que recorría España en forma de peste y hambruna.
“Por la ocupación de mi oficio llego a muchos lugares que eran, pocos años ha, de mil vecinos, y no tienen hoy quinientos, y los de quinientos apenas hay señales de haber tenido ciento; en todos los cuáles hay innumerables personas y familias que pasan un día o dos sin desayunarse, y otros meramente con hierbas que cogen del campo y otros géneros de sustento no usados ni oídos jamás”
Memorial dirigido a la reina regente Mariana de Austria, 1671.
Es fácil imaginar el impacto psicológico que estos hechos producían en el orgullo de quienes se consideraban todavía los dominadores del mundo.
Olivares puso grandes esperanzas en la formación estética del joven Felipe IV, construyendo la gloria de la monarquía a través del arte oficial controlado desde la Corte. Acompañado por la construcción de una residencia acorde a la importancia de una monarquía como la hispana: el palacio del Buen Retiro. Pero en un país zarandeado por las dificultades económicas esta política de exaltación de la realeza no podía por menos que generar una cadena de críticas.
La consecución de un imperio de escala universal y una extraordinaria serie de victorias habían incentivado, especialmente entre los castellanos, el convencimiento de ser el nuevo pueblo elegido por Dios para promover su gran designio, que pasaba por la conversión del infiel, la extirpación de la herejía y el establecimiento del reino de Cristo en la Tierra. Entonces, ¿cómo se podía explicar la serie de desastres que azotaban al Imperio español? La respuesta: Castilla había provocado la ira divina y estaba pagando la culpa de sus pecados.
“Cuando un Reyno… llega a tal corrupción de costumbres, que los varones se regalan y componen como mujeres… que se buscan cosas exquisitas para comer por mar, y por tierra; que duermen antes de que les venga el sueño… bien se puede dar por perdido, acabado su Imperio.”
Fray Juan de Santa María, 1621.
El conde-duque de Olivares renegará del pacifismo vergonzoso de la etapa de gobierno anterior y exigirá volver a los tiempos de Felipe II. ‘Recuperación y Prestigio’ serán los postulados del gobierno de los nuevos dueños del poder para revertir su situación.
 
Don Gaspar de Guzmán y Pimentel, nació en Roma en 1587, destinado como tantos otros segundones, a la carrera eclesiástica, tras la muerte de su hermano mayor se hizo cargo de la herencia familiar. Corto de estatura, fuerte y robusto. Era de temperamento ardiente, dinámico, incansable y propenso a los proyectos grandiosos. Alternó a lo largo de su vida períodos del entusiasmo más exaltado con el decaimiento. Se cuenta que con sus interlocutores podía intercalar arrebatos de cólera con amabilidad y adulación. El deterioro de su carácter se fue incrementando a lo largo de su vida y al final de su carrera sufriría períodos de esquizofrenia, que degeneraría su autoritarismo en despotismo. Olivares era un hombre culto que llegó a contar con una de las mayores bibliotecas privadas del s. XVII, llegando a alardear de su rica erudición. Su pretensión era la de enderezar el rumbo de Castilla y de la Monarquía Hispana.
Duque de Lerma
Crédito: Wikipedia
No tardó en tener su oportunidad cuando en 1614 fue nombrado gentilhombre de la cámara del príncipe. No tardó en ganarse al joven Felipe IV, que no tardaría en mostrarle su gratitud y aprecio. En 1621 sería nombrado Grande de España y sumillers de corps… amén de una interminable serie de cargos de difícil enumeración. Nada se interpuso entre la persona del rey y la suya. En 1622 Olivares quedaría como único dueño de la Monarquía hasta su caída, a todos los efectos era el nuevo valido.
A diferencia de su predecesor el Duque de Lerma, mantuvo una política de manos limpias, aunque a su sombra parientes y amigos acumularon riquezas y títulos sin escrúpulos. Trabajó sin descanso por la monarquía aunque fracasara en todos sus frentes. Lo que le llevó a la ruina más absoluta. Consciente de su propia debilidad, además de atraerse a la persona del rey sustituyó todos sus enemigos políticos por familiares y gentes de su hechura. Casa Real y Gobierno eran un coto olivarista. Además se rodeó de escritores que ensalzaran y publicitaran su política como Quevedo o Hurtado de Mendoza. Aunque por contra panfletos de todo tipo arremetieron sin piedad contra el omnipresente valido.
Su política de Restauraciónimplicaba la recuperación del autoridad real, dilapidada por Lerma, como fundamento de de la grandeza de la Monarquía hispana. Respecto a la Reputaciónimplicaba la defensa de los intereses de la Monarquía por cualquier medio, incluso el de las armas allí donde fuera discutido. Se pretendía imitar los objetivos de Felipe II: defensa de la fe católica y de la autoridad inalienable de la Monarquía. El medio para conseguir ambos objetivos sería la “Reformación”, que plasmó en diversos memoriales con un ideal heredero de los arbitristas y de las ideas mercantilistas del momento.
Una política de austeridad con medidas encaminadas a la reducción de gastos superfluos y suntuarios; que premiaba la natalidad y la nupcialidad, mientras se incrementaban las cargas a los solteros mayores de 25 años; quedaba prohibida la emigración; medidas proteccionistas para la economía castellana en detrimento de la competencia extranjera; limpieza de sangre a fin de evitar la marginación de personas que pudieran aportar algo valioso a la monarquía o a la sociedad; creación de una banca propia que liquidase la dependencia de los vaqueros extranjeros; acceso a créditos blandos por parte de artesanos y campesinos; desaparición del odiado impuesto de los millones; para alcanzar todos estos objetivos se trataría de hacer partícipes a los naturales de los distintos reinos de los oficios y dignidades de Castilla.
La Paz de Breda
Crédito: Wikipedia
Todo esto se vería plasmado de forma práctica en el proyecto de la Unión de Armas, cuyo discurso giraba en torno a la defensa solidaria de los distintos territorios de la Monarquía.
Sin embargo todo este programa reformador quedará en un estrepitoso fracaso, pronto las medidas de austeridad serán abandonadas, y la mayoría de objetivos chocarán de frente con los intereses de las oligarquías castellanas.
La Reputación era el otro pilar del programa de Olivares, por lo que se mantendrá el compromiso con Viena en la Guerra de los Treinta Años y se reanudaron la guerra con los holandeses tras la Tregua de los Doce Años. Considerada humillante y vergonzosa. El propósito sería someter a los holandeses o en su defecto conseguir una paz digna. Empresa harto difícil, los rebeldes holandeses contaban con la ventaja de la distancia, su poderío naval, habían aprovechado la tregua con España para incrementar su potencial económico y contaban con el apoyo incondicional de las potencias vecinas.
La idea era la defensa del Catolicismo a través de la Razón de Estado de la Monarquía Universal Católica atacando desde todos los frentes. La Marina apoyaría a los tercios; el comercio holandés sería perseguido sin tregua; y se buscarían alianzas con terceros en un esfuerzo incansable por doblegar a los vasallos insumisos. El aliado natural de España era el Imperio, unidos por lazos de sangre y el objetivo de la defensa del catolicismo. Su intento de control del Báltico, para convertirlo en un mar católico, pasaba por dominar el canal de la Mancha, para lo que olivares se atrajo el apoyo de los ingleses. Las relaciones con Francia fueron fluctuando hasta acabar en la ruptura total. Para Richelieu centró los intereses franceses en el fracaso español, que les permitiera ser la nueva potencia mundial. El papado que sentía poca simpatía por los Habsburgo, jugó un papel ambiguo. Con lo cual en el objetivo de la guerra total contra Holanda camino fundamentalmente sola.
Batalla de Lutzen
Crédito: Wikipedia
La política de la Reputación supuso un descomunal esfuerzo fiscal a Castilla, a lo que se sumó la endémica situación de Aragón y Valencia. La devaluación de la moneda y la continua emisión de vellón que dejó una huella visible en la ya maltrecha economía hispana. Unos gastos superiores a los ingresos hizo necesario recurrir al crédito. Un crédito que cautivaría cada vez un mayor número de rentas hasta terminar por colapsar la Hacienda Real. Provocando diversas bancarrotas a lo largo del siglo XVII.
A la situación económica se sumaría la presión de las rebeliones internas, Cataluña y Portugal se sublevarían contra el autoritarismo del valido. En Andalucía el marqués de Medina-Sidonia fraguaba una conspiración. Se caminaba hacia la descomposición de la monarquía. La situación se había vuelto crítica entorno a los primeros años de 1640, y el aparente responsable era el conde-duque de Olivares, que había conducido a la Monarquía hasta un punto de difícil retorno. Aunque para los que veían más allá el verdadero responsable era el monarca por haberlo mantenido en el poder. Por lo que la destitución del valido que había perdido toda su credibilidad era la única salida de Felipe IV. Completamente cercado: odiado por la nobleza y el clero, y desprovisto de la confianza del monarca pedirá permiso para retirarse de la política. El rey aceptará su petición y morirá completamente enajenado en Toro en 1645.
En una carta personal de Felipe IV afirmaba “yo tomo el remo”. La destitución de Olivares corrió como la pólvora levantando rumores y expectativas. Se abría una etapa nueva que hacía indicar que Felipe IV desempañaría el papel fundamental como piloto de la nave del Estado… Pero eso es otra historia…
Bibliografía| Alfredo Floristán, Hª de España en la Edad Moderna, Ariel, 2004.
VV.AA, Hª de Espana en los siglos XVI y XVII, Cátedra 2003
En colaboración con iHistoriArte| Dave Meler
Síguenos también en: FacebookTwitter o Google+