El esplendor y el ocaso del león rampante

Medina Albaida

Saraqusta la ciudad blanca…
Palacio de la Aljafería
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APOGEO CULTURAL DE LA TAIFA

Abú Yafar Áhmad ibn Sulaymān al-Muqtadir billāh llevó a la taifa de Zaragoza a su máximo apogeo político y cultural, que sólo tuvo rival en la taifa sevillana de Al-Mutamid. A pesar de ello Saraqusta siempre estuvo en una posición delicada: involucrada en interminables luchas por las tierras limítrofes de la extremadura navarra y castellana, en las zonas de influencia de Tudela y Guadalajara; amenazada gravemente en el norte por el Reino de Aragón Ramiro I de Aragón, intentará repetidas veces  apoderarse de Barbastro y Graus, lugares estratégicos que penetraban en forma de cuña en sus territorios.

La obra maestra, que marcará el esplendor de la taifa, será el palacio-fortaleza de la Aljafería, que al-Muqtadir mandará construir tras la victoria de Barbastro contra los cristianos. A las afueras de la ciudad, junto a la al-Musara explanada donde se realizan ejercicios militares y de equitación, cerca de la muralla de tierra con la que se protegían los distintos arrabales que habían surgido en torno a la medina. La fortaleza se edificó a la sombra de una robusta torre conocida como Torre del Trovador, ya que en ella situó Antonio García Gutierrez el drama amoroso de Don Manrique de Lara y Doña Leonor Sesé de Urrea, obra que servirá de base para una de las más famosas óperas de Verdi, Il Trovatore.

La muralla del castillo dibuja un perímetro rectangular defendido por torreones, inspirados en el modelo de los palacios omeyas del desierto sirio. Al-Muqtadir transformará la fortaleza en un fastuoso palacio para él y su corte.

La superficie interior del recinto fortificado fue dividida en tres espacios en sentido norte-sur. El espacio central, y más importante, será reservado para la construcción del palacio real. Se construye en torno a un espacio interior abierto al cielo, que organiza y distribuye las distintas dependencias palaciegas.

El palacio del señor y anticipo del `Paraíso prometido´, gira en torno al agua, el bien más preciado para un árabe. Diríase que la esencia de un palacio árabe es el rumor del agua. El agua obra el milagro de la vida y la vegetación inunda el patio como prueba fehaciente del prodigio. No hay tan apenas estancias cerradas, como tampoco las hay en la tienda de un beduino. Siguiendo el precepto coránico que prohíbe la representación de figuras humanas. El arte musulmán se condensa y resume en la abstracción geométrica arabesco, vegetal ataurique, y el reconocimiento del valor sagrado del alfabeto árabe escritura cúfica. Éste epitelio decorativo canta de forma repetitiva la unidad de Dios.

El palacio se convertirá en sede  de la Corte de Al-Muqtadir, y en sus salones se gestará un importante centro de cultura. Donde acudirán poetas, músicos, historiadores, místicos y filósofos de todo el Al-Andalus. Más tarde durante la dominación almorávide constituyó un refugio de tolerancia y mecenazgo para quienes huían del fanatismo de imanes y alfaquíes del poder central.

EL OCASO DEL LEÓN

Estatua del Cid Burgos
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Pero todo éste esplendor económico, político, cultural y militar se irá viendo oscurecido. El peligroso doble juego, al que Al-Muqtadir, había estado jugando con los latentes reinos cristianos. Tan pronto se enfrentaba con ellos por un territorio en disputa, como pagaba para evitar una alianza con su hermano Yusuf de Lérida o contrataba como mercenarios a su servicio en la defensa de la Marca. Esto hará que las arcas de la taifa se resientan poderosamente, debilitándola y poniendo en riesgo el bienestar de Saraqusta. Su posición acomodada comenzaba a verse amenazada, la continúa salida de oro y plata llenaba las arcas de sus enemigos. Las parias eran utilizadas por los reinos cristianos para fortalecerse frente al progresivo debilitamiento del reino musulmán.

En los tres últimos años de su gobierno (1078-1081), Al-Muqtadir, concentró todas sus fuerzas en someter a su poder la taifa de Lérida, donde resistía su hermano Yusuf al-Muzzafar.

A su muerte volvió a dividir sus territorios entre sus hijos, Al-Mutamín en Zaragoza y la zona occidental de la taifa, y Al-Mundir en Lérida, Tortosa y Denia.

Además de su talento político y militar, fue un rey sabio con amplias inquietudes artísticas y culturales. Sin embargo, todo su legado tuvo un brillo efímero. Apenas treinta años más tarde de su muerte, los descendientes de Ramiro I, campaban a sus anchas por las tierras, de lo que en su día había sido la taifa de Saraqusta. Llegando a las puertas de Zaragoza al grito de «Deus o vol». Con tintes de cruzada cristiana Alfonso I «el Batallador» sometía los rescoldos del poder musulmán… pero eso es otra historia…

Anexo:




Cuadro 1: El Reino de Aragón, «el enemigo emergente»

Ramiro I
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Ramiro I, en 1035, rige los territorios asignados por su padre bajo la soberanía del rey pamplonés, su hermanastro García III. Dichos territorios comprenden el núcleo originario del condado de Aragón: La Onsella, Bailo, Tena, la cuenca izquierda del Gallego, con sus afluentes, Basa, Guara y Garona, más la antigua línea de fortificaciones pamplonica que constituyen su frontera protectora: Uncastillo, Luesia, Sierra Castilla, Agüero, Carcavilla, Nocito y Securón. Unos cuatro mil kilómetros cuadrados de terreno.

La principal preocupación de Ramiro I, será la de dotar de infraestructuras al territorio, junto con la construcción de fortalezas en las fronteras con los reinos musulmanes.

Aragón es zona de paso de dos economías diametralmente opuestas. La cristiana: esencialmente agrícola, con una economía monetaria paupérrima basada en la plata. Y la musulmana: más industrializada, basada en objetos de lujo y con grandes reservas de oro. En dirección sur-norte circulan: especias, tinturas, monedas de oro, tejidos de seda, esclavos… Y en dirección norte-sur: pieles, tejidos franceses o flamencos, metales y armas.




Ramiro I hereda la organización aduanera de su padre, que junto con las parias de los reinos de taifas, utiliza para fortalecer su poder real. Permitiéndole dar a sus territorios la estructura de un Estado organizado. Establecerá en Jaca la capital de su reino, residencia real y sede episcopal. Al mismo tiempo que fomentará el asentamiento de una pequeña burocracia, población artesana y comerciantes donde antes sólo había campesinos y guerreros.

Cuadro 2:La Taifa de Saraqusta y el Cid

La presencia de mesnadas castellanas ayudando al «rey moro de Zaragoza«, se explica por las rivalidades de los reinos cristianos entre sí, de cara a la futura expansión hacia el sur. Al-Muqtadir, por ejemplo, firmará un tratado de alianza con el mismísimo Sancho IV, rey de Pamplona hoy Navarra, mediante el que se comprometía a pagarle 1000 monedas de oro al mes en concepto de parias. Tributo pagado por su protección y en reconocimiento de su superioridad militar.

La Jura de Santa Gadea
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La corte de Al-Muqtadir fue una de las más famosas y brillantes de todo el siglo XI en la Península. Pero su progresivo agotamiento militar le llevó a rodearse de mercenarios. Hombres de fortuna que luchaban por dinero. Este fue el caso del protagonista del Cantar del Mio Cid, que derriba de la palabra árabe «sidi» señor, Rodrigo Díaz de Vivar. Desterrado de Castilla por Alfonso VI entrará al servicio de la de Saraqusta en 1081. Servirá allí durante cinco años. Bajo su bandera luchó contra el rey de Aragón, Sancho Ramírez, y el conde de Barcelona. Fue enaltecido a la categoría de héroe por los habitantes de Saraqusta. Tras la batalla deMorella (1084) entró en la ciudad con dieciséis grandes señores aragoneses prisioneros, entre los que se encontraban Blasco Garcés, el mayordomo del rey Sancho Ramírez y, el obispo Dalmacio de Roda.

Este `lado oscuro´ del hombre de frontera que, se mueve más por necesidad que por ideales, no aparece reflejado tan apenas en el poema del Mío Cid. El juglar ¿Per Abbat?, figura que en el colofón de la obra del Poema del Mío Cid aparece como  transcriptor de la obra, autor de la obra, evitó en lo posible tocar éste asunto tan poco airoso del Cid al servicio del rey moro de Zaragoza.

Bibliografía:

Lostal, J.,Ansón,A., Historia de cuatro ciudades, Ayto. de Zaragoza, 2001, Zaragoza.

Corral Lafuente, J.Luis, Historia de Zaragoza(5). Zaragoza musulmana 714-1118, Ayto. de Zaragoza, 1998, Zaragoza.

Lacarra, J. María, Aragón en el pasado, Espasa-calpe, 1998, Madrid.

Viguera, M. Jesús, Aragón musulmán, Libreria General, 1981, Zaragoza.

Durán Guidol, Antonio, Ramiro I de Aragón, Ibercaja, 1993, Zaragoza.