Alegoría del panteón griego

Crédito: wikipedia commons

Hesíodo representaba todo lo contrario a Homero, interesado tan sólo en la gloria de los héroes de antaño. En Los trabajos y los días, Hesíodo se ocupa del presente, de su presente. Y en La Teogonía, se interesa por el origen de los dioses. Pero ofrece datos fiables de lo que aconteció en Grecia a finales del siglo VIII a.C. La Teogonía es la primera obra que conocemos sobre la religión griega, estableció una genealogía del panteón griego que no ha sido alterada nunca.

Sabías que… Hesíodo era hijo de un marinero de Eolia, de la ciudad de Cyme. Su familia se arruinó y se vio obligada a emigrar a Boecia, a la ciudad de Ascra. En el principio de sus poemas se declaraba poeta profesional y afirmaba que había ganado varios certámenes. Homero nunca indicó su nombre o su origen.

Cabeza de Hesíodo

Copia romana de la cabeza de Hesíodo.
Crédito: Museo de Atenas

Los trabajos y los días tiene un argumento sencillo. Hesíodo y su hermano Perses habrían heredado unas tierras de su padre. Pero no habiendo llegado a un acuerdo sobre el reparto, decidirán llevarlo ante la justicia. La cual fallaría a favor de Perses, que al no saber administrar sus bienes acabaría arruinado. El poema era un conjunto de consejos para su hermano. La obra nos desvela la presencia administrativa y de un aparato judicial que ejercía para resolver los litigios de la comunidad. Estamos ante una polis embrionaria. El poema desvelará uno de los problemas básicos del arcaísmo, la queja de Hesíodo contra los aristoi. Su queja estaba destinada a criticar la falta de un código legislativo escrito, por lo que los que debían interpretar las leyes podían ser sobornados. Esta obra nos muestra el funcionamiento de una microsociedad en la Boecia del siglo VIII a.C. Hesíodo postuló un ideal de ‘lo griego’ y de la polis que ya no se vio alterado nunca. La única actividad noble del ser humano era la agricultura, y no la ganadería como ocurría en el mundo homérico que basaba su riqueza en el número de cabezas de ganado que se poseía. Para Hesíodo gracias a la agricultura el hombre era capaz de valerse por sí mismo, y no depender más que de los dioses (autarquía). Para el autor griego cultivar era un acto tan sagrado como levantar un templo. Para el poeta, el trabajo de la tierra era un contrato sagrado entre el hombre y los dioses. Hablamos de un momento en el que Grecia seguía teniendo mucho miedo al exterior. El oficio de su padre, la navegación, era un trabajo muy peligroso. Hesíodo no dejaba de repetir que el comercio era propio de los fenicios. Aunque matizaba que el comercio menor no le parecía un mal complemento para la agricultura. Nos muestra una sociedad con un régimen aristocrático, en una polis incipiente, eminentemente agrario.

Aunque las obras de Homero y Hesíodo fueron prácticamente coetáneas, lo que las diferenciaba será la intencionalidad. Ambas nos muestran el final de una época: los siglos oscuros.

La Teogonía implicaba un intento de comprender ‘la verdad’, una lógica fundamental en el espíritu griego. Era un himno a las musas. Una composición poética donde el autor cantaba a las musas para que le revelasen la verdad. Nos trasmitió una religión prácticamente formada. La intención de la obra era la de mostrar cual es el origen de los dioses y la valoración moral que esto implicaba. Además de dejar patente la manera en la que el orden se había impuesto al caos, igual que hiciera la obra de Homero. Hesíodo representaba el final de una tradición, que había arrancado en Micenas forjando la religión griega hasta la creación del poema de Hesíodo. En La Teogonía todo era orden, describiendo las especies, las familias y sus relaciones. Se trataba de una religión perfectamente estructurada en genealogías, con un orden moral muy rígido. Hesíodo nos mostraba un mundo abarcable, con un exacerbado sentido de la justicia divina. El mundo de los dioses era un gran oikos donde todos pertenecían al mismo genos.

El poeta griego estableció la teoría de las cinco edades: la edad de oro (dioses); la edad de los héroes; la edad de plata; la edad de bronce y la edad de hierro. En ésta última el hombre estaba sólo, los dioses habían vuelto al Olimpo, y sobrevolaba un profundo sentimiento pesimista.  Un momento en el que la polis aristocrática se estaba desgajando en dos polos opuestos: Atenas y Esparta.

Pseudo-Seneca asociado durante mucho tiempo con Hesíodo

Pseudo-Seneca asociado durante mucho tiempo con Hesíodo
Crédito: Wikimedia Commons

Hesíodo nos mostraba la necesidad de tener un sostén en el mundo, una fuerza superior: la Moira, una especie de destino justiciero. En el momento que alguien se alejaba de su lugar establecido en el mundo, cometía el pecado de hybris[1], y era la Moira la encargada de aplicar una némesis[2] como castigo. Ni siquiera los dioses escapaban a la justicia de la Moira. Existía un vínculo muy estrecho entre dioses y hombres, aunque su relación será siempre amarga, triste, un poco desconsolada. Para los griegos, los hombres tenían una parte divina, ya que habían nacido de las cenizas de los titanes. Hesíodo nos presenta la «teoría de la caída»[3], muy presente en el mito de Prometeo o el mito de Pandora.

A diferencia de Homero nos hablaba de su presente. Aunque ambos autores intentaron ignorar los siglos oscuros, nosotros podemos verlos a través de sus ojos. Las principales deferencias entre ambos autores son: Homero no se dio a conocer, mientras que Hesíodo sí; el primero hablaba de guerra y, el segundo de paz; Homero buscaba la fantasía, mientras que Hesíodo trataba de reflejar la verdad. Tras cinco siglos de oscuridad, ambos autores mostraron la autoconfianza de los griegos. Esta visión global del mundo no se abandonará nunca.

En colaboración con iHistoriArte| Dave Meler

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Bibliografía| Dave Meler, Los Albores de la Civilización, ed. Osiris, 2013, Madrid. Fatás Cabeza y García Quintela,Materiales para un curso de Historia Antigua, Tórculo Edicións, Santiago, 1993.

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[1] Concepto griego que se puede traducir como «desmesura»

[2] Castigo que tiene como efecto devolver al individuo dentro de los límites que cruzó.

[3] La caída del hombre desde esa posición privilegiada junto a la divinidad hasta su situación actual.